“Hay que comunicarse asertivamente”, recomendaba hace un tiempo en Caracas un alto ejecutivo de una importante empresa multinacional. La afirmación se incluía en una innecesariamente larga y (en parte por eso -aunque no sólo por eso-) algo tediosa exposición, llena de ejemplos que no venían al caso, que discurría en torno al tema de la importancia de la comunicación para el logro de los objetivos estratégicos de la organización que el ejecutivo de nuestra historia representa.
No está solo este personaje en reconocer el inmenso valor del rol que juega la comunicación en el éxito de la vida de las personas y de las agrupaciones humanas, independientemente de su propia y diferenciadora naturaleza. Todos en todas partes así lo sostienen cada vez que se toca el tema de la comunicación. Nunca hemos escuchado decir que la comunicación no tiene importancia. Ni aquí ni allá.
Por las cosas que comentaba, y por el contexto en que las decía, para este caballero comunicarse asertivamente significa que hay que tener certeza1de lo que se dice. Hay que reconocer que no se equivocaba en eso, puesto que, ciertamente, la buena comunicación exige certeza. En lo que nuestro personaje sí erraba el tiro, al igual que hacen otros muchos, es en confundir asertividad con certeza.
La asertividad es un tipo de comportamiento de los individuos en sus relaciones con los demás, incluida, desde luego, la forma en la que se comunica con ellos, el estilo de comunicación que los caracteriza.
Quienes tienen un estilo de comunicación asertiva son quienes se ubican en el medio de dos estilos extremos de comunicación: la pasividad y la agresividad.
La pasividad viene a ser un estilo de comunicación que usan aquellas personas que, por temor a ofender a la contraparte, prefieren no mostrar sus sentimientos o pensamientos. Suelen dar más valor a las opiniones de los otros que a las suyas propias.
En el polo opuesto se ubica la agresividad en la comunicación, estilo que utilizan los que valoran mucho más sus pensamientos y opiniones que las de sus interlocutores. Llegan incluso a menospreciar los sentimientos del otro.
Entre estas formas de relacionarse y comunicarse con los demás, nos encontramos con la asertividad, entendida como una actitud abierta a las opiniones del otro, a las que otorga tanta importancia como a las suyas. Quienes actúan según un estilo de comunicación asertiva son generalmente personas que tienen respeto por sí mismas, pero también lo muestran por el otro. Reclaman el derecho a expresar sus ideas y observan el derecho que los demás tienen a hacer lo propio. Saben que no hay nada de malo en ser escuchados, pero están conscientes de lo importante que es saber escuchar al interlocutor.
El personaje de esta historia no fue precisamente asertivo en el episodio de comunicación que dio origen a este artículo. Quizá debido a su alta posición jerárquica en esa organización, puso en evidencia que él piensa que las suyas eran las únicas opiniones que contaban en ese grupo. Su estilo de comunicación fue agresivo y no encontró barreras en el estilo pasivo que mostraron sus subordinados.
Para colmo de males, tampoco había mucha certeza en sus palabras. Es decir, nuestro amigo recomendaba a los demás hacer algo que él mismo no estaba haciendo.
