“Si usted tiene problemas para conectar su corazón con la cabeza y las palabras, no es el único. La gran ecuación de la vida consiste en conseguir la igualdad entre entras tres variables”, sostiene el estudioso de la comunicación Jack Griffin.1
“Qué Decir, Cómo, y Cuándo decirlo”, que es el título en español de la obra de la que hemos tomado la cita anterior, se titula en el original en inglés “How to Say it from the Heart”, “Cómo decirlo desde el corazón”, traducción que nos luce más adecuada, puesto que la tesis que sostiene Griffin a lo largo de esta obra es que los seres humanos debemos prepararnos para hablar desde el corazón.
El autor maneja la tesis de que es necesario encontrar la línea del corazón para lograr una comunicación más efectiva en todas las situaciones de interrelación que se nos presentan en nuestra vida personal y profesional.
Una de esas situaciones a la que todos nos enfrentamos es la de la muerte de un semejante muy próximo. Dice Griffin: “La muerte y el divorcio crean emociones muy fuertes…”. “La tendencia a proteger a nuestros hijos es muy natural, y también son los hechos de la muerte y otras pérdidas.”
Ante la suposición muy generalizada de que la muerte tiene que ver con los sentimientos, Griffin sostiene que se trata de un supuesto natural, pero erróneo, porque “es cierto que enfrentarse a una pérdida importante y dolorosa tiene mucho que ver con los sentimientos, pero requiere un esfuerzo especial para lograr cuatro objetivos: 1, Comprenderla; 2, Lamentarla; 3, Recordarla; 4, Continuar.”
En el caso específico de los niños, el autor sugiere que se deje de pensar en la muerte como algo “descortés, o incluso obsceno.” Recomienda evitar el uso de expresiones como “el abuelo está durmiendo”, o “que se ha ido” y que se les diga, muy simplemente, que “su abuelo ha muerto.”
Propone contar al niño los hechos tal cual han ocurrido: “El cuerpo del abuelo ha dejado de funcionar. Y una persona muerta no puede comer ni hablar, ni caminar ni respirar. Una persona fallecida no siente ni hace nada.”
En cuanto al segundo objetivo, si bien el autor sostiene que comprenderla no elimina los sentimientos de duelo que provoca la muerte, es necesario que los niños y los adultos reconozcan el hecho, y lo lamenten. “Demostrar y compartir su pena es también importante como un ejemplo para su hijo. Es importante que se sepa que no pasa nada por estar triste por la pérdida.”
Recordar la muerte es un fenómeno enraizado en prácticamente todas las civilizaciones. “Es casi una necesidad humana básica”, sostiene Griffin. Cuando se trate de la realización de funerales, recomienda evitar comentarios que provoquen ansiedad en los niños: “Describa los procedimientos lo mejor que pueda. Defina los términos poco familiares como son féretro, velatorio, ataúd, cortejo fúnebre, etc. Si el cuerpo va a estar expuesto, explíqueselo. Anímele a que haga preguntas.”
Finalmente, cuando del cuarto objetivo se trata, Jack Griffin argumenta que para enfrentarse a la muerte hay “simplemente que continuar.” Es por ello que propone compartir con el niño lo que él llama “dos verdades muy importantes: La pena de una pérdida, la tristeza, disminuye con el tiempo. Te sentirás menos triste.”
La comunicación está en la esencia de la vida. Pero también en la realidad de la muerte, que aunque siempre dolorosa, nos acerca a la vida de los que mueren.
