La conexión visual es uno de los hábitos más poderosos para crear vínculos cognitivos y emocionales entre los hablantes. La mirada del otro nos atrae, despierta nuestra atención y comunica mensajes que aprendimos a descifrar siendo muy niños. Por eso nos gusta tanto que quien nos hable lo haga viéndonos directamente a los ojos. Esa clara confrontación visual nos produce sosiego e incrementa el poder persuasivo y la credibilidad del emisor.
Tal exigencia de las relaciones humanas francas está presente por igual en la comunicación online. La vinculación visual del expositor con su audiencia cobra una dimensión mucho más decisiva en ese ambiente. El reto que se nos presenta hoy consiste en desarrollar la habilidad de ponerla en práctica eficientemente, a pesar de estar intermediada por una cámara de video.
Ese desafío pasa por la dificultad de remplazar los ojos reales del otro por una lente en un dispositivo electrónico, en algunos de los cuales, por si fuera poco, no se detecta con facilidad a simple vista.
Tengamos siempre en cuenta que los mensajes aterrizan mejor en la mente de las personas cuando los dirigimos a sus ojos. De allí la necesidad de hacer el mejor esfuerzo en habituarnos a enfocar la mirada hacia esa lente –por inerte que sea–, con la íntima convicción de que por su intermedio ciertamente llegamos a los ojos de nuestro interlocutor y a través de ellos, a su entendimiento y sus emociones.
Quien nos ve en su dispositivo percibe muy claramente qué estamos viendo mientras le hablamos. La mayoría de las veces miramos directamente a la pantalla; bien para tomar de allí la información que necesitamos transmitir, bien para observar las imágenes de los videos de sus interlocutores. En ninguno de los dos casos estamos creando conexiones visuales con el otro. Muchísimo menos cuando hablamos con la mirada ausente, puesta en algún sitio del entorno: una pared, la ventana, un teléfono en la mano, etc. Es cuando el otro también se aleja mentalmente, aunque siga allí.
Vivimos retadores momentos de cambio. Aquí tenemos uno más: aprender a remplazar los ojos verdaderos, vivaces y comunicadores de una persona real, por un objeto frío, silencioso y sin alma. Lo podemos hacer. Haga usted la prueba.
