Son tres los asuntos fundamentales que el buen comunicador ha de tener muy presente en su mente a la hora de iniciar una exposición pública cualquiera: mantener el cuerpo distendido y balanceado, fijar toda su atención visual a una persona del auditorio, y comenzar a hablarle con mucha firmeza y claridad sobre el tema que ya había preparado cuidadosa y suficientemente con mucha antelación.
En el momento de comenzar la exposición, le corresponde llevar a cabo la compleja y crítica tarea de entregar los contenidos que ha seleccionado (idealmente ha ensayado varias veces) a una audiencia que tiene muchas expectativas sobre el episodio de comunicación que está a punto de comenzar, en el que quiere participar activamente, y, sobretodo, sacar provecho.
El cuerpo balanceado y distendido produce efectos positivos en la audiencia y en el emisor de los mensajes. Cuando el cuerpo del expositor está balanceado y distendido, los miembros de la audiencia se concentran mejor en lo que escuchan, porque reciben solamente un mensaje: el que el expositor conscientemente quiere comunicarles. Ese mensaje proviene de la mente del expositor, quien utiliza su voz y sus gestos para darle sentido. No se producen los «ruidos» visuales que debilitan la calidad de los mensajes y que distraen la atención del auditorio, que se debate en traducir, o interpretar, los contenidos que está recibiendo, puesto que el rostro, el resto del cuerpo del expositor, y su voz, no están transmitiendo lo mismo, no están en sintonía. Cada uno envía señales distintas, muchas veces incluso contradictorias.
Una posición corporal balanceada contribuye notablemente a que el expositor experimente también un balance en su mente, fenómeno que le ayuda a concentrarse en su público para poder comunicarle lo que desea, y lograr más fácil y eficientemente los objetivos propuestos.
Cada una de las personas que compone una audiencia se estimula y reacciona a partir de lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos. A eso vinieron todos. Quieren llevarse algo consigo, y quieren pasarla bien, sentirse cómodas. Un expositor que se muestra sereno con su cuerpo, y al mismo tiempo enérgico con su voz y con su gesticulación, logra que sus audiencias centren su atención en el contenido que el comunicador quiere transmitir y evita la dispersión, sus mensajes se «alojan» con comodidad en el cerebro de quienes tiene frente a sí.
Es recomendable una postura corporal balanceada, mostrándose siempre de frente a la audiencia, para de esta forma facilitarse la tarea de conectarse con su audiencia, conexión que se logra cuando establece contacto visual con los ojos de uno cualquiera de los miembros de la audiencia y luego le «lanza» su mensaje verbal por medio de una voz firme, alta y clara.
Será la fuerza de esa voz la que estimulará al resto de su cuerpo, agregará valor a los significados verbales de la exposición, y al mismo tiempo consumirá la energía corporal que producimos cada vez que nos enfrentamos a una audiencia y que, dado que no la gastamos estratégicamente, produce en nosotros efectos somáticos indeseados, consecuencia inevitable del muy común y frecuente fenómeno que conocemos como miedo escénico.
