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El dueño de la palabra se adueña del pensamiento

Quien se apropia de la palabra termina apropiándose de los pensamientos y de las ideas que la palabra evoca. Con sobradas razones se ha dicho que el verdadero poder está en la palabra. A lo largo de la historia de la humanidad, la búsqueda y mantenimiento del poder ha girado en torno al control de la palabra.

Pero la palabra va más allá. La palabra tiene la fuerza creadora de hacer que el mundo exterior exista en nuestras mentes. Antes de la palabra, nada existía para el intelecto humano. Cuando el hombre nombró la cosa, cuando la bautizó, la cosa comenzó a existir en el universo de los hombres, que es su propio pensamiento. La cosa puede ser cualquier objeto, animado o inanimado. Pero también puede ser un pensamiento, una idea.

En el debate de las ideas políticas hay que ser muy cuidadoso con el uso de las palabras, porque en ocasiones, muchas más de las que se cree, y mucho más de lo que se busca, el opositor que quiere combatir las ideas del otro, cuando usa las palabras de las que el orto se ha apropiado, lo que en verdad logra es darle legitimidad a las ideas que están detrás de esas palabras y que caracterizan a un proyecto político determinado.

En el plano de la discusión de las ideas que están servidas en la mesa pública de los venezolanos de hoy, la repetición incesante de vocablos y expresiones traídas por los nuevos gobernantes, tales como “niños y niñas”, “diputados y diputadas”, aunque sea en boca de los opositores al proyecto político, lo que hace es repetir, y divulgar, la línea de pensamiento del otro, el marco de referencias que el otro ha creado. Se está reforzando, en suma, la presencia y el poder del otro.

El uso de esas expresiones por parte de los funcionarios y seguidores del proyecto político en curso no es una estupidez, aunque en muchos casos sí lo sea (valerse de la estupidez de los demás es una táctica política). Estamos frente a un poderoso mecanismo de consolidación de una manera particular de ver el mundo, de instaurar un proyecto político que echa mano de todos los recursos, incluidas desde luego las palabras, aunque esas palabras sean vociferadas por los opositores al proyecto.

La Constitución venezolana vigente habla de Presidente de la República. En Venezuela esa palabra tiene una connotación muy clara que denota, entre otras muchas cosas, la alternabilidad democrática y el deseo implícito de que el Presidente de la República entregue la banda presidencial a otro ciudadano cada cierto tiempo. Que haya varios presidentes.

El proyecto político que se desea instaurar tiene otra visión de esa figura. De allí que desde hace unos años sus promotores utilicen el vocablo Comandante como sinónimo de este Presidente, puesto que Comandante evoca otro mundo de realidades, más cercanas a la obediencia militar que a los trámites de la democracia. Se entiende, pues, que los que están en este proyecto político llamen Comandante a este Presidente. Es una jugada que se corresponde con una estrategia comunicacional claramente concebida.

Lo que no se entiende es que quienes lo adversan repitan el vocablo, aunque lo hagan con un cierto airecito despreciativo y burlón. A los efectos de lo que se busca, muy simplemente, da lo mismo.

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