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El poderoso mensaje del desbalance

Son millones los viajeros de todas partes que han visitado la ciudad italiana de Pisa, principalmente (¿o exclusivamente?), para ver, y tomarse curiosas, aunque muy poco originales fotografías, en la pose de quien desea detener la caída del campanario de la Catedral, inclinado poco tiempo después de su construcción, a finales del siglo XXII.

¿Qué es lo que llama tanto la atención de esa torre? A pesar de que el conjunto de edificaciones del que forma parte es una de las más acabadas representaciones del período románico de la arquitectura italiana, no es precisamente eso lo que atrae a tantos visitantes, que van a verla sólo porque es extraño que un edificio esté inclinado.

La inclinación de la torre es lo que más llama la atención de las personas que la ven, independientemente de los atributos arquitectónicos, culturales, religiosos que ese campanario pueda tener. Por encima de cualquier otro mensaje que esa torre pueda transmitir, el que despunta desde hace unos 800 años es su atractiva inclinación.

La forma que ha tomado la torre ha prevalecido por encima del contenido que ella misma abriga, el cual dejó de tener la importancia que concibieron la Iglesia, sus arquitectos, financistas y constructores, que con seguridad nunca desearon que el campanario se inclinara en la forma que lo hizo, en contra de sus premisas de diseño.

El efecto de atracción que despierta en el ojo humano esa desviación se produce también, aunque no siempre con la misma contundencia, cuando el cuerpo del expositor está desbalanceado o se mueve excesivamente de acá hacia allá frente a una audiencia ante la que desea mostrarse seguro y balanceado en sus expresiones.

Al igual que pasa con la torre de Pisa, cuando el expositor se muestra fuera de balance, produce un efecto no deseado en los demás, para quienes los mensajes que emite el cuerpo del expositor toman un protagonismo desmesurado, que termina por dominar los demás mensajes que intentan impactar sus sentidos y su entendimiento.

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