Solemos preparar nuestras exposiciones públicas a partir de aquellas ideas que queremos comunicar a nuestra audiencia para lograr el propósito que, idealmente, hemos definido muy concienzudamente. Pero a veces no seleccionamos muy bien lo que no debemos mencionar para evitar inconvenientes distracciones en el auditorio.
Tengamos muy en cuenta que todo lo que decimos dispara preguntas y genera curiosidad en la mente de quien nos escucha. Sin embargo, ocurre con frecuencia que el expositor comienza su exposición con una explicación, a veces larga y detallada, de los temas o asuntos que no va a considerar a lo largo de su exposición.
¿Cuál es un probable resultado de esa decisión? Que la audiencia inicie de inmediato un proceso mental que quizá lo lleve a preguntarse, por ejemplo, “¿y por qué este señor no quiere hablar de eso?, si esos son los asuntos que más me interesan.” Y puede que también se diga cosas como: “Este como que no sabe mucho de esto.”
Y todo eso antes de que el expositor haya incluso comenzado a tocar el tema que sí quiere discutir. Mientras más larga la lista de asuntos que el orador no va a tocar en su discurso, más se aleja él mismo, y su audiencia, que es lo más grave, de la esencia de la exposición. No tiene sentido perder tiempo en ocuparse de lo que no interesa.
Imagine el lector que, sentado en su butaca, y después de pocos minutos de haber despegado el avión, el piloto anuncia: “Este vuelo no va al aeropuerto de la Chinita, de Maracaibo; ni al aeropuerto Jacinto Lara, de Barquisimeto; ni al aeropuerto Santiago Mariño, de Margarita; ni al aeropuerto Alberto Carnevalli, de Mérida.”
Usted, y todos los demás pasajeros entrarán en un estado de incertidumbre, innecesario, y nada provechoso para los viajantes, que los mantendrá en vilo, porque el piloto debió decir: “Este vuelo se dirige al aeropuerto Manuel Carlos Piar, de Puerto Ordaz”, que es lo que usted y los otros creían, y esperaban que sucediera.
Un proceso similar ocurre en las exposiciones públicas cuando el orador no entra directamente a su tema. Desperdicia entonces la mejor oportunidad de sembrar en ellos la idea fundamental que desea comunicarles, puesto que al inicio del discurso la atención del público está en su momento más alto, y muy abierta al entendimiento.
