“Un auditorio moderno, sean treinta alumnos en el aula de una facultad, o sean mil personas en una tienda de lona, quieren que el orador no dé rodeos inútiles y que hable del mismo modo que si estuviera charlando en un corrillo de dos o tres personas”.1
El comentario transcrito en el párrafo anterior es original de Dale Carnegie, incluido en “Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios”, una obra publicada a mediados de los años 40 del siglo pasado, y que muy pronto se convirtió en consulta obligada para quienes, por la razón que sea, se enfrentaban frecuentemente –y se enfrentan- a todo tipo de audiencias.
La vida de Dale Carnegie (1888 / 1955) giró en torno a la consecución de mecanismos y acciones para mejorar las relaciones entre los seres humanos, siempre con la mira puesta en la necesidad que todos tenemos de influir en los demás, obsesiva búsqueda de gerentes, académicos, líderes políticos y empresariales, sacerdotes, científicos, artistas, hombres de negocios.
No es, sin embargo, el tema de la oratoria el único que investigó y trabajó Carnegie. La lista de sus libros es amplia y abarca temas diferentes, pero vinculados todos con el crítico asunto de la influencia sobre las demás personas.
En “Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios” encontrará el lector un conjunto de valiosas recomendaciones que apuntan a mejorar el desempeño de quienes hacen exposiciones públicas como parte de sus actividades profesionales.
En una obra de esta naturaleza, forzosamente ha de tratarse el asunto de la conducta corporal del orador, puesto que esa conducta siempre está llena de significados que pueden agregar valor (o degradarla) a la calidad de los contenidos verbales. “Todo movimiento que no mejore nuestro porte, lo empeora. No hay movimientos neutrales. Ninguno. Con que estémonos quietos y dominémonos físicamente. Esto dará idea de dominio mental, de serenidad.”2
En los 16 capítulos que integran esta obra, Dale Carnegie cruza las esquinas que tenemos que identificar para entender mejor el valor que tiene un desempeño comunicativo adecuado en el logro de nuestros objetivos estratégicos, lo mismo en nuestra vida profesional, como en la esfera de lo personal y más privado.
Uno de los asuntos cruciales para alcanzar el éxito es la precisión con la que establezcamos el objetivo fundamental que nos proponemos conseguir cada vez que damos inicio a una situación de comunicación.
Carnegie comienza el capítulo sexto de su libro con una cita de Carlos Pellegrini, Presidente de la República Argentina en los años finales del Siglo IXX que nos permitimos reproducir por su inmensa pertinencia respecto del tema de la precisión de nuestros objetivos: “Para saber qué camino se ha de seguir, es necesario saber dónde se quiere llegar. El secreto de la energía y el nervio de todas nuestras acciones consiste en eso, pues esa fijeza de objetivo hace imposible las vacilaciones en los momentos decisivos en que van a fijarse rumbos trascendentales.”3 Pellegrini tenía quizá en mente decisiones que iban a afectar a la nación argentina. Por eso el término trascendentales.
Llevado el asunto a lo que individualmente nos puede ocurrir cuando hablamos en público, se puede también acuñar la idea de trascender, porque en esas ocasiones siempre hay mucho en juego. Por eso nos cargamos de energía.
Debemos aprender a conducir esa energía para beneficio de la claridad y precisión de la comunicación..
- 1 “Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios”, Dale Carnegie. Edhasa. Barcelona, España. 1976. Página 158.
- 2 Página 190.
- 3 Página 138.
