El gerente de hoy no tiene opciones: o hace presentaciones con frecuencia, y las hace muy bien, o le será mucho más complicado y difícil lograr sus objetivos estratégicos, y llegar a la cúspide de la pirámide jerárquica de su organización, porque hacer presentaciones excelentes es una condición inherente a la responsabilidad de todas las posiciones de liderazgo, independientemente de su ubicación en esa estructura.
La información es la materia prima con la que trabaja todo gerente, que tiene la obligación de saberla manejar con propiedad, puesto que su principal responsabilidad es transmitir eficientemente esa información en todas direcciones, de forma tal que los equipos de trabajo, y los individuos que los conforman, puedan desempeñar sus actividades y cumplir con sus objetivos profesionales sin mayores obstáculos.
Llevado al extremo de las reducciones mínimas, pudiera decirse que el gerente lo que en realidad debe ser (además de conocer su materia en profundidad y tener una concepción estratégica de la comunicación), es un excelente comunicador, porque no se puede conducir con éxito a otros hacia una meta si no se les persuade, y es imposible persuadir a nadie sin que hagamos uso de algún mecanismo de persuasión.
El mecanismo más adecuado de persuasión con el que cuenta el gerente es la comunicación, pues sólo por su intermediación se puede lograr que sus audiencias tomen voluntaria y eficientemente el curso de acción que él les propone. Existen mecanismos coercitivos de persuasión, que muchas veces son eficaces, es cierto, pero lo son tan sólo mientras tienen vigencia (se acaban las balas, por ejemplo).
La comunicación a la que nos referimos es un exigente proceso que comprende la existencia de contenidos de calidad, claros y comprobables; la conversión de esos contenidos en mensajes bien elaborados, contundentes, que despierten la atención intelectual del otro, que sean adecuadamente transmitidos visual, verbal, vocal y corporalmente, para despertar también su atención emocional y, al fin, persuadirlo.
