Respecto del efecto persuasivo que el expositor logra en la mente del otro, el aporte de sus instrumentos corporales de comunicación en numerosas ocasiones es mucho mayor que lo que el orador alcanza con su expresión verbal, debido a que los mensajes que las audiencias reciben visualmente tienen un alto poder de atracción.
En efecto, los ojos de los miembros de la audiencia leen y “escuchan” lo que el cuerpo del comunicador dice, sabiendo él, o no, lo que está diciendo. En consecuencia, mientras más armonía exista entre mensajes verbales y mensajes corporales, más posibilidades habrá de comunicar exactamente aquello que se desea.
La curiosidad del ojo humano es enorme, prácticamente ilimitada. Todo lo que se mueve, cambia, o es extraño, atrae inmediatamente la atención de ese sentido, y despierta elevados niveles de concentración mental, los cuales pueden desviar hacia esos hechos mayor atención que lo que se percibe por intermedio del canal auditivo.
Los estados de ansiedad que experimentan las personas en situaciones de exposición pública, a veces producen conductas corporales de las que el expositor no suele tener conciencia, pues son consecuencia de su propia inseguridad, y provienen casi siempre de no tener buen dominio de su comportamiento frente a la audiencia.
Esas conductas corporales se convierten en mensajes que el receptor absorbe e interpreta a su manera, y muchas veces ocupan un protagonismo inconveniente para la imagen de conocimiento, seguridad, balance, firmeza, serenidad, contundencia, que los expositores desean proyectar para conseguir sus propósitos y elevar su prestigio.
Un recurso extraordinario para conocer mejor los mensajes que emite nuestra conducta corporal, y los mensajes que emitimos con el rostro, la mirada, el torso, los brazos, las manos, los pies, consiste en grabar videos de nuestras exposiciones ante terceros. Muchos dicen: “No tenía idea de que yo hacía todas esas cosas.”
