Según lo que con frecuencia testimonian numerosos gerentes de distintos niveles jerárquicos en organizaciones privadas y públicas de todo tipo, la comunicación es un proceso crítico para el desarrollo planificado de las actividades operativas de esas organizaciones, lo mismo que para el logro de sus objetivos corporativos, también planificados.
Esos mismos ejecutivos suelen también convenir en que la comunicación juega un papel fundamental en la calidad de las relaciones personales de los trabajadores, dado que, según ellos, el fenómeno comunicativo impacta dramáticamente las cifras operativas y financieras de sus organizaciones.
Están en lo cierto quienes hacen tales aseveraciones, puesto que la comunicación es una función básica, presente transversalmente en la vida de las agrupaciones humanas, y también en organizaciones, la cual opera como el hilo que vincula a las unidades entre sí, a las unidades con los procesos, a los procesos con la gente, a la gente con la gente propia y a la gente propia con el resto de la gente. Todas las empresas, pues, se comunican, y todos en las empresas se comunican. A no dudarlo.
La conclusión a la que se ha llegado en el párrafo anterior, sin embargo, levanta de inmediato al menos dos cuestiones críticas que es necesario despejar. En primer lugar, cómo saber si esos procesos de comunicación ocurren eficientemente, y, en segundo término, qué tienen que hacer las organizaciones y sus gerentes para servirse de manera más provechosa de la comunicación.
Medido al cumplimiento de los períodos naturales de rendición de cuentas y de balances que se verifican frecuentemente en todas las organizaciones, el uso ineficiente de la comunicación origina costosas pérdidas de dinero y tiempo.
Cuando el ejercicio de la comunicación en las empresas ocurre predominantemente por lo que la intuición recomienda, se impacta inconveniente el desempeño de la fuerza laboral, que no recibe los mensajes correctos, a través de los canales correctos, ni empaquetados de la manera correcta, todo lo cual suele traducirse en incertidumbre y desmotivación, condiciones no deseadas que producen una especie de “ceguera” que impide detectar y aprovechar oportunidades de crecimiento individual y colectivo, circunstancias llamadas a garantizar la sustentabilidad de las organizaciones en el largo plazo.
