Probablemente debido a las características tan especiales de esa audiencia, en muchas organizaciones de todo tipo se utiliza el término vocería para referirse a quienes en su nombre, frecuente o esporádicamente, ofrecen declaraciones antes los periodistas de medios impresos, electrónicos y audiovisuales de comunicación.
El vocablo vocería es correcto en ese caso, pero no exclusivamente en ese caso, puesto que todo aquel que se dirige a un público, compuesto o no por periodistas, es también vocero, bien de sus propios mensajes (un político en campaña), bien los que emite oficialmente en representación de otros (gobiernos, empresas, iglesias).
Mucho más allá de las particularidades de las audiencias, lo que define al vocero es la responsabilidad que tiene de comunicar eficientemente –persuadir- a sus integrantes, para que actúen de acuerdo con aquello que él se ha propuesto, independientemente de si quien así lo busca es él mismo, o la organización que él personifica.
La necesidad de persuadir al otro estará siempre presente en todo acto de comunicación pública. Y en ese juego conocer a las audiencias desempeña un rol crítico, porque lo mismo hay que convencer al periodista en una rueda de prensa, que al comprador de un equipo, que al elector, que al feligrés. Y son muy distintos.
De allí quizá venga la búsqueda de una diferenciación para señalar a quien tiene que conceder entrevistas periodísticas, visto que lo que se diga frente a uno o varios periodistas, se está diciendo en realidad ante una audiencia mucho muy mayor. Para resaltar el riesgo implícito en esos casos, apareció el término vocero, muy específico.
Como se acepta la existencia de ese riesgo, se decide que los voceros que se enfrentan a la prensa deben recibir adecuada asesoría y capacitación para que puedan desarrollar las habilidades que necesitan para cumplir con éxito tal responsabilidad. Pero esa necesidad la tiene todo aquel que se enfrenta a cualquier tipo de público.
